martes, 24 de abril de 2018

Cruzando el Canal de la Mancha


Tercer día seguido de madrugones, a Fabi hubo que extraerlo de la cama a las 7 de la mañana, pero llegamos perfecto al muelle de Calais para tomar el ferry a Dover.
Como habíamos reservado el embarque prioritario, quedamos primero, hecho no tan importante a la salida, pero que a la llegada a Inglaterra fue providencial, porque pasamos Migraciones también primeros y fue un trámite de menos de cinco minutos cuando se puede estar hasta una hora, según habíamos leído. (Sigue...)


Subimos al salón VIP, que elegimos porque incluía cafetería, jugos, gaseosas y pastelería y lo usamos de desayuno por casi el mismo costo que desayunar en el hotel. Razonamiento que parece que no es genérico, porque en ese salón, enorme, gigantesco, estuvimos solos todo el viaje.

 

    

Al llegar, disfrutamos las imágenes de los acantilados de Dover, que son tan imponentes como lejanas.


Y una vez de nuevo en el coche, a manejar por la izquierda hacia Londres donde ya nos esperaba Pablo en el departamento. Al comienzo hay que concentrarse, más que nada en los cruces y las rotondas, pero uno se acostumbra rápido.

 

Pasado el mediodía, llegamos al departamento, dejamos las valijas, y otra vez, ahora sí, los cuatro juntos, salimos en subte a King Cross. Ahí nos sacamos la foto obligada en el andén 9 ¾ y volvimos al subte hacia Baker Street 221B, pero al final no entramos al museo de Sherlock Holmes, sólo molestamos al policía de la puerta y visitamos el shop.


  


Para ganar tiempo, almorzamos comida china enfrente, aunque finalmente fue una pésima elección, porque Pablo es alérgico a los hongos y si bien le aseguraron que su comida no los tenía ni estaba hecha con utensilios contaminados, a la noche sufrió las consecuencias.
De ahí nos fuimos a Abbey Road a sacarnos la famosa foto de Los Beatles, pero de casualidad encontramos la pared del estudio recién pintada (lo hacen cada dos semanas para que la gente pueda enchastrarla a gusto y piaccere), lo que nos permitió dejar primeros, aunque sea por esos quince días, nuestras huellas con marcador.

 

Después de deliberar qué tomar hasta la Catedral de Saint Paul volvimos al subte y a las 17 ya estábamos escuchando al coro, que es el único momento que la entrada a esa iglesia es gratuita.



 


 

Y en un día que no parecía terminar más, nos cruzamos al Globe Theater, que es la reconstrucción del teatro donde Shakespeare estrenaba sus obras. Pero, en el camino encontramos una taberna inglesa con Guinness tirada y no pudimos rechazarla.

 

Para conocer el teatro habíamos descartado la visita guiada, porque no nos daban los horarios, y habíamos elegido, meses atrás y por internet, sacar entradas para una obra, una increíble puesta con marionetas de las Cuatro Estaciones de Vivaldi.
A la salida pensábamos ir a pasear a Picadilly, pero el cuerpo (y los hongos en el estómago de Pablo) ya no dio para más y nos volvimos al departamento.

 

 

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